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15 de noviembre de 2013

Ramón Moreno Gómez, Más de Santa Rita

Más de Santa Rita

Mi pueblo era muy lindo, era como un pesebre: calles empedradas, neblina, clima frío, plano; pequeñas colinas con olor a mortiño y moritas silvestres; flores, musgos; olía a helechos, a cuero chamuscado de marrano. Ni siquiera tenía carretera y para llegar hasta el era toda una aventura como del lejano oeste, en una jornada completa con mulas, con sudor, con frío, con fondas a la orilla del camino y con entrada triunfal a las primeras calles del pueblo. Calles con olor a boñiga, a cagajón, a hierba húmeda entre las piedras; a vaho de mula sudada, a neblina limpia. Tenía charcos, riachuelos, puentes. Cuántas veces en mi primera infancia rodé por sus piedras, salté por sus tapias, subí y bajé sus pequeños cerros, divisé tras las nubes hermosas montañas azules. Probé el almíbar de sus trapiches y los quesos de las vacas de mi abuela. Me bañé en sus quebradas junto con mis hermanos, primos y amigos y recité en su escuela: “Patria. Te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo...”
El profe Juan Carlos y sus paisanos y alumnos.Buen recuerdo.

RECUERDOS DE MI PRIMERA INFANCIA EN SANTA RITA*

…Mi primer recuerdo: mi abuela Carmelina me sienta sobre una mesa en la cocina a curar con petróleo y estancar con café una herida, cuya cicatriz aún conservo en mi rodilla derecha. Debajo hay un gato maullando, como pidiendo comida. Por una pequeña ventana se observa el gallinero y parte del patio donde mi abuela ordeñaba sus vacas. Más allá el cañadulzal de mi abuelo y en el fondo un paisaje de ensueño: retazos de colinas verdes que se desdibujan al paso lento de la neblina. Abajo, en la pesebrera, un arriero pica caña y prepara aguamiel a 10 o 15 mulas que acaban de llegar de La Granja con carga para la tienda. Habían partido dos días antes cargadas de café para vender en Ituango. Tenía tres años. Recuerdo que mis padres me lo hacían repetir y me lo enseñaban a señalar con los dedos… …Entre los cinco y los siete años, intervalo de tiempo que hoy recuerdo como el más feliz de mi vida, viví en una casona de fachada verde en la calle principal del pueblo. Una calle plana, empedrada y bien trazada por donde transitaban bestias y parroquianos. La parte delantera era un almacén donde unos parientes vendían telas; por esta razón, para entrar a la casa, había que hacerlo por el zaguán de paredes frías y húmedas que tenía un declive hacia el patio empedrado. A la salida del zaguán, a un lado del patio se levantaba una casita aislada de la casa que se utilizaba como dormitorio para las visitas. Al otro lado y sobre inmensos horcones de madera se levantaba la casa. Había que subir a ella por una escalera de madera hasta un corredor de chambrana que la rodeaba. Era enorme. O por lo menos así lo percibe mi memoria. Poseía cocina de fogón de leña y carbón, sala-comedor, cuarto de reblujo, varios dormitorios, dormitorio principal y escusado (un cajón levantado unos 60 centímetros del entablado con un hueco en el centro y una tapa de madera). Debajo estaba el subterráneo donde se criaban las gallinas y parían las marranas. El patio era empedrado. A veces nos tocaba desherbarlo. Daba con la huerta donde se sembraban cebollas, coles, repollos, cilantro y algunas plantas medicinales. Tenía un gran terreno después del patio al que llamábamos “la manguita”, donde se soltaban bestias de familiares y amigos de la casa cuando venían al pueblo los domingos, y donde jugábamos sin acercarnos demasiado a la cañada que formaba el lindero con el terreno de la casa cural y donde se aparecía el diablo: negro, con cachos y con cola y con un inmenso tenedor en su mano derecha dispuesto a ensartarnos. Por aquella época, mi mamá nos enviaba con enormes atados de ropa sucia donde una lavandera que vivía cerca de la quebrada. Allí comíamos blanquiado, velitas y arepa con aguacate y sal. Aprovechábamos para pescar guachilejos y bañarnos en la quebrada. De vuelta, subíamos agotados la falda empedrada con atados de ropa limpia y bolsitas llenas de moras y mortiños que habíamos recolectado… … Estudié mis primeras letras a los 5 años en el Kínder de Betsabé. Eran sesiones mágicas e interminables de “la p con la a pa, la p con la e pe...” Betsabé señalaba con una varita de madera y gritaba y repetía con su vos chillona que conservo intacta en mi memoria. A los cinco días ya casi todos sabíamos leer. Recuerdo cancioncitas infantiles como “...somos los estudiantes que vamos a estudiar a la capillita de la virgen del Pilar...” y “...cual bandada de palomas que regresan al vergel...”. Primero y segundo de primaria en la escuela de Santa Rita. En esa época sobornaba a los “sapos” del salón, cuando los profesores no estaban, para que no me apuntaran en la lista de indisciplina, con forros de cuaderno o con pedazos de queso y panela. Los salones de clase eran divididos en tres filas. Buena, regular y mala. A la vez, dentro de las filas, había subdivisiones: a medida que se estaba más adelante, se era mejor, de tal manera que el último de la fila mala era la escoria, lo peor. El primero de la fila buena, era un dechado de virtudes digno de imitar. Recuerdo que en segundo de primaria llegué a ocupar todos los pupitres del salón, desde el mejor hasta el peor. Mis profesores eran como sacados de una fábula infantil: Don Carlos: estricto, de inmensos zapatos negros y puntiagudos que se paraba con los pies torcidos hacia afuera. Don Luís que también era relojero, calvo, bonachón, con una hermosa y anacrónica caligrafía y una forma grave y ridícula de hablar. Cuando se enojaba, nos pegaba en el envés de la mano con el filo de la regla. Y don Francisco, “manuel cuscas” vivió su vida más ebrio que sobrio, lo recuerdo más dando tumbos por las calles del pueblo que dando clases… …Cuando tenía más o menos 6 años, en un paseo divisé mi pequeño pueblo desde un lugar que se llama el “Alto de Avispas”. Me sobrecogí, se me ensanchó el corazón y dije para mis adentros: “es el pueblo más hermoso y grande del mundo”, claro de mi mundo. Era el único pueblo que conocía… … Cuando mis ojos vean de nuevo mi pueblo y los pies de mis hijas recorran sus lugares por primera vez, habrá magia de nuevo. La misma que vivimos en nuestra infancia en la iglesia de Santa Rita cuando éramos niños, con ese olor celestial del incienso que quedó impregnado para siempre en nuestros cerebros, y con la luz de ese pálido sol matutino que se colaba y se desdoblaba en lujosos colores por entre los vitrales medievales… …A los 7 años, mis padres emigraron definitivamente a Medellín y yo me quedé un año más en Santa Rita al cuidado de mis abuelos paternos… *Apartes de unas memorias que preparó. Ramón Moreno


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